Crítica: Belfast


Belfast, dirigida por Kenneth Branagh

Buceando entre sus recuerdos es donde Kenneth Branagh parece haber encontrado oro de una vez por todas en su carrera, plantando bandera con una película donde todo está construido sobre el amor por la familia, por las raíces, por la vida y por el cine que nos forma como personas. ‘Belfast’ es otro viaje al pasado en el que su director mira y recuerda desde la distancia y la madurez que le da el tiempo, rascando cada instante de ternura y aprecio por los muros de esas calles que le rodeaban, no solo llenas de ladrillos sino también de personas, de cariño local y de valores. Una de esas obras que todo director debería tener en su filmografía para terminar de afianzar la visión reflexiva del por qué soy quien soy, dialogando sobre el de dónde vengo y apreciando el cómo he llegado hasta aquí.

Liderada por la actuación radiante, dulce y delicada del debutante Jude Hill en ese papel de Buddy, alma de la familia y centro de todos los cuidados de sus mayores, lo de ‘Belfast’ es un recital de cómo dirigir a un elenco y sobre todo de cómo darle a cada uno de ellos un momento para brillar, hasta tal punto que cuando la cinta encara su segunda mitad, los momentos de lucimiento individuales y colectivos se convierten en una constante donde las lágrimas no paran de brotar durante media hora, encadenando sentimientos en una tela de araña familiar donde todos los hilos convergen con atención y suavidad en el mismo punto: la educación emocional y personal de Buddy.

Con un Jamie Dornan en el mejor papel de su carrera, el de ese padre honrado obligado a ausentarse más de lo que desearía para poder traer el pan a casa pero totalmente consciente de su ausencia y del esfuerzo de su mujer en el cuidado de los niños, y unos magníficos Ciarán Hinds y Judi Dench en el papel de abuelos del pequeño, con sus respectivas secuencias en las que traspasar todo lo aprendido a su nieto, si alguien sobresale por encima de todos esa es Caitriona Balfe. Y es que es su personaje quien se parte la cara a diario para educar a Buddy y su hermano en unos valores donde el odio hacia el vecino no tenga cabida, siempre en alerta por la complicada situación en un vecindario donde católicos y protestantes enfrentan ideologías, pero también consciente y temerosa por la necesidad de abandonar ese lugar que la vio nacer, que la ha visto crecer y en el que ha criado a sus hijos.

Belfast, dirigida por Kenneth Branagh
Escena de «Belfast», dirigida por Kenneth Branagh, una de las películas favoritas para ganar el Oscar.

Con un blanco y negro limpio, pulido de clasicismos, Branagh se reserva el color para algún que otro momento significativo en la madurez de Buddy, de esos que por el tacto con que están retratados, intuimos que son parte de esas perlas fundacionales que nunca ha borrado de su memoria, entre cines y teatros, justo esos lugares en los que para muchos se encontrará su Shangri-La personal, un paraíso donde durante unas horas solo existe la ficción, tan real como la vida misma pero desprovista de cualquier preocupación.

Las comparaciones con la reciente ‘Roma’ de Cuarón, otro viaje por la infancia de su director, son inevitables, pero si algo diferencia a ‘Belfast’ de ella son las formas, quedando aquí una obra mucho más accesible dentro de esos márgenes a los que Hollywood tiene acostumbrada a la audiencia, aunque también mucho más conmovedora en lo personal y desatada en la sencillez de su emoción, acercándose más a obras como ‘Cinema Paradiso’ de Giuseppe Tornatore o ‘The Long Day Closes’ de Terence Davies, a las que tampoco duda en homenajear visualmente, en una cinta donde las referencias a su educación cultural son constantes, desde ese cómic de ‘Thor’ (superhéroe cuya película terminaría dirigiendo para Marvel), al ‘One Million Years B.C.’ de Raquel Welch, pasando por el western ‘High Noon’ de Grace Kelly y Gary Cooper, o la ‘Star Trek’ original.

‘Belfast’ es una de esas películas que resulta casi impensable que puedan no gustar a alguien, tan honesta y simple en sus planteamientos como sentimental y cariñosa en el trato hacia sus personajes. Otra de esas veces en las que ir con el corazón en la mano a la sala de cine acaba recompensando a cada persona dispuesta a enamorarse de nuevo de la gran pantalla. Una obra de artesano, con la enorme habilidad para arrasar con cualquier espectador que se cruce en el viaje de sus imágenes desde el proyector al lienzo en blanco. ‘Belfast’ es el cine volviendo a ser magia y encanto.

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