Crítica: La peor persona del mundo


La peor persona del mundo, dirigida por Joachim Trier

De mundos parados, de noches en vela que acaban en miradas durante el amanecer, de ver la vida a través de cristales de colores, de conversaciones donde las lágrimas acaban curando y de confesiones hechas con el corazón en la mano. De cine y de pura verdad, en todos y cada uno de sus apartados narrativos. ‘La peor persona del mundo’ es divertida, canalla, descarada y sensual, pero también es romántica en su incansable búsqueda, desoladora en la franqueza de su desenlace, cercana en su creación de personajes y comprensiva con todos ellos. El cierre a la trilogía de Oslo que ha firmado Joachim Trier es la culminación de una voz imprescindible del nuevo cine europeo, a la que ya veníamos confirmando desde la magnífica ‘Oslo, 31 de Agosto’ (segunda parte de esta misma trilogía) o la adictiva y refrescante ‘Thelma’.

Esta vez, en una de esas apuestas que parecen ansiar el riesgo en su conquista del éxito, Trier se atreve a intentar un arsenal de géneros, y mágicamente consigue sacarlos todos adelante. Una obra mayor donde con una facilidad aplastante se tocan desde el drama a la comedia, pasando por el romance e incluso permitiéndose alguna que otra ácida crítica social al estado de la cultura en el mundo actual. 

La peor persona del mundo, dirigida por Joachim Trier
Renate Reinsve ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes 2021 por «La peor persona del mundo»

Estructurada en capítulos con precisión quirúrgica para delinear cada rostro de su atrevida protagonista, en ‘La peor persona del mundo’ no hay juicio alguno hacia ella, dejándola brotar en toda su naturalidad, con lo atractivo y lo adictivo, pero también con lo repelente y lo caótico. La de Renate Reinsve es un «desastre» de persona con quien resulta imposible no empatizar. Un imán que se desnuda frente al espectador para no dejarle escapar de la sala si no es de su mano. Un recital sin parangón para embelesarnos y ponernos de su lado en un viaje repleto de dolor y desorden, pero también de ternura, naturalidad y sensualidad.

Si Renate Reinsve conquista construyendo todo el castillo de naipes, el que la ayuda a tumbarlo y romperte en mil pedazos es Anders Danielsen Lie. Trier despojándose de artificios para abrirse en canal sobre vida, legado y amor en un último tercio a pecho descubierto, donde la cámara lo apuesta todo a los silencios, miradas y reacciones de una Renate que ya no tiene armadura alguna, pero a la que el mundo no para de enviarle balas inesperadas.

Una obra de esas en las que se para el tiempo para que dos personas se encuentren y para que tu te enamores frente a una pantalla de cine. Todo lo sembrado y recogido desde su estreno en Cannes, con aquel premio a Mejor Actriz incluido, será más que merecido en su camino a la cita con los Oscars.

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