Crítica: C’mon C’mon. Siempre adelante


C'mon C'mon. Siempre adelante, dirigido por Mike Mills

Desde su debut en el largometraje de ficción con ‘Thumbsucker’, el californiano Mike Mills ha mostrado un interés recurrente en abordar traumas colectivos desde el retrato de lo íntimo. El trastorno mental, los mecanismos del duelo, o la infinita complejidad de los lazos familiares (que también asomaba en las excelentes ‘Beginners’ y ‘Mujeres del siglo XX’) se dan cita en el cine de Mills filtrados por un tono amable, no exento de humor y centrado en figuras con dificultades para encajar en los moldes.

En ‘C’mon C’mon’ nos presenta a un locutor de radio que viaja por diferentes ciudades estadounidenses interrogando a adolescentes acerca de su visión del futuro, mientras paradójicamente los acontecimientos lo enfrentarán a su pasado familiar, marcado por la reciente muerte de su madre y una compleja relación con su hermana. Nuestro antihéroe, interpretado por un sobresaliente Joaquin Phoenix, se hará cargo durante unos días de su sobrino, y juntos emprenderán juntos un viaje físico y emocional en el que sus continuos desencuentros funcionarán como improvisada sesión de psicoanálisis que servirá para sacudir sus más íntimos traumas.

La química de Phoenix con un el jovencísimo Woody Norman sostiene un filme de apariencia sencilla, pero que contiene en sus diálogos (y en sus silencios) un universo de heridas mal curadas que sacan a relucir conflictos tan universales y pertinentes como las dificultades para asumir la pérdida, o la incertidumbre de las nuevas generaciones ante el legado de caos que reciben en herencia. Cuesta encontrarle fisuras a un guion minucioso hasta lo enfermizo y la excelente fotografía de Robbie Ryan, que rehúye el retrato grandilocuente de las ciudades, convierte el filme en una experiencia sensorial completa, a la que también se suma el gusto de Mills por la introducción de pequeñas digresiones en la narración que redondean un relato emocionalmente revelador.

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