Crítica: Apples


Apples, dirigida por Christos Nikou

Pese a las múltiples comparaciones que se puedan sacar de ‘Apples’, la ópera prima de Christos Nikou, con la obra de su compatriota y maestro griego, Yorgos Lanthimos, la más interesante de todas es la que vincula sus obras desde la perspectiva del alumno que se separa a conciencia del maestro, no tanto por voluntad sino porque no puede hacerlo de otra forma para esquivar su sombra.

Apples‘, como tantas otras obras griegas contemporáneas que no se cansan de aparecer cada ciertos meses en los festivales de cine a lo largo y ancho del planeta, podría haber sido una imitación más de esa rigidez formal, frialdad emocional y crueldad humana popularizada por el que ha acabado siendo líder espiritual de toda una nueva ola cinematográfica en el país heleno. Sin embargo, y ahí es donde caben todos los elogios hacia Nikou, lo único que resta de esas estructuras comunes son la inicial radicalidad de su propuesta y las rápidamente descartadas ausencias de conflicto emocional en sus personajes.

Porque donde otras películas parecen tener personajes que están muertos por dentro, que actúan desde la más absoluta impunidad moral que les dictan unos guiones milimetrados, ‘Apples’ de Christos Nikou tiene personajes de carne y hueso, con un protagonista que no solo no está muerto, sino que está tan vivo en su pérdida de memoria como presente en esa voluntad de reconstrucción vital que le llega tras la posibilidad de “crear una nueva identidad”.

Anímicamente mucho más cercana a la ‘Her’ de Spike Jonze, a la ¡Olvídate de mí! de Charlie Kaufman y Michel Gondry, o incluso a la obra de Drake Doremus (especialmente ‘Equals’ y ‘Zoe’); ‘Apples’ esconde una fortísima humanidad y cariño hacia sus personajes en la contención de un dolor cuya manifestación nunca acaba de materializarse pero que respira y asfixia en cada encuadre.

Apples, dirigida por Christos Nikou
Escena de «Apples», dirigida por Christos Nikou.

Repleta de sencillos pero efectivos recursos visuales para transmitir esa presión y vulnerabilidad del protagonista en un entorno donde todo lo que no ha olvidado, también desearía haberlo hecho; ‘Apples’ acaba de conquistar por su compasión en la oferta constante de oportunidades hacia todos sus partícipes, dejándoles sumergirse en cotidianos instantes de paz y regularidad, siempre con sus cámaras de Polaroid en mano para ir reaprendiendo las mil y una aristas que tiene la vida, desde el ir a una sala de cine (qué mejor momento para ver este tipo de escenas que cuando más las echamos de menos), montar en bicicleta, volver a conducir por primera vez, salir de fiesta, disfrazarse en Halloween, o volver a intimar con otro ser humano.

Es realmente en la insatisfacción y el vacío que parecen dejar esas nuevas primeras veces al personaje interpretado por Aris Servetalis cuando más nos vinculamos a su viaje, dejando atrás la severidad del singular planteamiento, y permitiéndonos recordar que más allá de las excentricidades propias de una premisa que coquetea con lo experimental y lo provocativo, lo que verdaderamente permanece es el viaje contenido y cálido de un hombre en su intento de desentrañar y dominar los extraordinarios pero a veces crueles mecanismos de la memoria.

Christos Nikou, con sus pinceladas suaves, sensibles y siempre comprensivas, consigue todo aquello que el cine griego suele dejarse perdido en los márgenes de su provocación formal: que empaticemos y reflexionemos acompañando a un personaje tan quebrado en lo personal como dulce y vulnerable en sus incansables intentos de corretear sobre el delicado terreno de los recuerdos. Porque en el fondo, ‘Apples’ nos brinda la oportunidad de comprobar la equiparable importancia y presencia en nuestras vidas tanto de aquello que hemos olvidado y queremos recordar, como de algo mucho más doloroso: todo aquello que recordamos pero nos gustaría olvidar.

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