La zona de interés‘ de Jonathan Glazer, Gran Premio del Jurado en Cannes, la distinción más alta después de la Palma de Oro, es ya la frontrunner en la categoría de Mejor Película Internacional en la próxima edición de los Oscars. La candidata del Reino Unido, rodada en alemán y polaco, está basada en la novela homónima de Martin Amis. Un drama romántico que transcurre en Auschwitz, donde el comandante Rudolf Höss y su esposa Hedwig se esfuerzan en construir una vida idílica para su familia en una casa con un enorme jardín pegada al campo de concentración.

Una de las víctimas periféricas de la atrocidad puede ser el idioma cuando se distorsiona, se despoja y reconstituye mediante eufemismos esterilizados y fríos. Aunque menos tristemente célebre que “la solución final”, la expresión “zona de interés” – interessengebiet en alemán –, utilizada por las SS durante el régimen nazi para referirse a la zona de cuarenta kilómetros cuadrados que rodeaba el complejo del campo de concentración de Auschwitz, a las afueras de Oświęcim, en Polonia, nos habla con la misma inquietante y precisa intención de manipulación.

En 2014, Martin Amis usó la frase para el título de una sombría novela picaresca en la que el punto de vista entre colaboradores, perpetradores y presos se intercambia; en el libro, uno de los personajes describe la “zona” como algo parecido a un espejo que revela la verdadera identidad de cada uno. Durante una larga gestación cinematográfica, Jonathan Glazer se interesa más por la represión que por el reflejo. ‘La zona de interés’ es una película acerca de personajes que rehúsan obstinadamente verse a sí mismos; el reconocimiento y la identificación podría llevarles a la locura.

Jonathan Glazer es uno de los formalistas más rigurosos del cine contemporáneo, y alejándose de la perspectiva de Martin Amis, mantiene el interés en la parte civil dentro de la división de Auschwitz, sumergiendo al espectador en la soleada y cuidada negación de la próspera y trepadora familia Höss, cuyo patriarca, Rudolf (Christian Friedel), es el comandante del campo. La cómoda vida generosamente subvencionada de los Höss en una estupenda casa de dos pisos rodeada de un jardín yuxtapone una bucólica fantasía aria a la horripilante realidad en que se apoya.

La zona de interés, dirigida por Jonathan Glazer
Sandra Hüller en una escena de ‘La zona de interés’

Hedwig (Sandra Hüller), la esposa de Rudolf, le enseña a su madre – que ha venido de visita – el espléndido jardín y el huerto, y le explica que va a plantar yedra para tapar la horrible tapia que la separa del otro lado. “Los judíos están al otro lado del muro”, añade. Una verdad basada en la negación más monstruosa. En ese edén artificial, los Höss se esfuerzan en llevar una vida normal mientras las nubes de humo de muerte se elevan por encima del campo. Nubes que el escritor Ellie Wiesel describió como “coronas de humo debajo de un cielo azul en silencio”.

Teniendo en cuenta la facilidad con que Jonathan Glazer plasma crudas y aterradoras imágenes – el ejemplo más reciente es el cortometraje ‘The Fall‘, en el que una turba sin cara persigue a un hombre en un bosque –, sería de esperar que el cineasta hubiera sobrepasado ciertos límites con este material. Y así es, pero no como podía esperarse. La representación de una atrocidad histórica es un tema complejo al que se han enfrentado numerosos directores, desde Resnais pasando por Spielberg hasta Tarantino. Glazer se atreve a invertir el proceso.

A partir de una meticulosa documentación histórica y remodelando la novela de Amis, construye un auténtico hito en la historia de las películas en torno al Holocausto para que el horror se palpe en la ambientación sin trivializar la severidad ni diluir el poder de inquietar. En la singular cinta de ciencia-ficción de 2013 titulada ‘Under the Skin‘, Glazer buscaba una mirada alienígena, despiadada e inocente a la vez. ‘La zona de interés’ consigue algo similar mediante la tranquilidad de las imágenes. Puede parecer paradójico, pero la absoluta calma y los tranquilos movimientos de la cámara bajo una luz natural son testigos de lo extremo que llega a ser el guion. En una escena al poco de arrancar la película vemos a Rudolf con los ojos vendados pero su ceguera momentánea deja entrever su profunda negación.

Más tarde, mientras el patriarca cierra con llave las numerosas puertas de su casa (un proceso cuidadosamente descrito mediante un montaje al bisturí), se mezcla una sensación de cómoda domesticidad con un aire de paranoia.

La zona de interés, dirigida por Jonathan Glazer
Escena de ‘La zona de interés’, dirigida por Jonathan Glazer

La compartimentación, como principio arquitectónico o psíquico, es el hilo conductor en la zona de Glazer, que crea el laberíntico hogar de los Höss en Polonia con toda suerte de detalles. El espléndido diseño de producción se debe a Chris Oddy, cuyo equipo tardó cuatro meses en plantar, cuidar y ver crecer las plantas del jardín antes del rodaje. La composición casi estructuralista de la adaptación de Jonathan Glazer depende de un ritmo preciso marcado por las numerosas y engañosas repeticiones, tan minimalistas como rítmicas, conseguidas gracias al uso de hasta diez cámaras fijas manejadas por control remoto por cinco ayudantes de cámara, para rodar simultáneamente escenas en diferentes espacios de la casa.

El efecto de dicha técnica es subliminal e insólito; crea un recuerdo de la realidad íntima a la vez que distante – un poco como los reality shows tipo Gran Hermano –, que pone a prueba la tensión entre el control y la espontaneidad. Al no estar rodeados por el equipo técnico y con las cámaras incluidas en el diseño de producción, los actores podían moverse con total libertad dentro de un sistema construido previamente con suma meticulosidad, mientras el cineasta seguía el desarrollo de la escena a través de múltiples monitores al otro lado de la pared.

“Su mayor fuerza reside en convertir la teoría en práctica”, opina un colega nazi en un momento de la historia, un cumplido profesional que también es (aunque nadie se dé cuenta) la condena más inhumana e insidiosa imaginable. La idea del genocidio como una especie de caso límite dentro del pensamiento institucional – una infraestructura cuyas consideraciones y complicaciones prácticas descarta cualquier contemplación de su objetivo, una práctica llevada a cabo con obstinación en el nombre de la teoría – ya se examinó desde diversos ángulos, pero la película de Glazer la observa de frente y la mira desde un juego de anteojeras cuidadosamente dispuesto que llega a molestar a la comodidad de la historia visitada a posteriori. Uno al lado del otro mientras contemplan el río que discurre detrás de su hogar – escenario de numerosas excursiones familiares –, Rudolf y Hedwig podrían encarnar a cualquier pareja hablando del futuro. Cuando él le anuncia que van a trasladarle a la Comandancia de Inspectores de los campos, situada a las afueras de Berlín, la obstinada reticencia de Hedwig en abandonar el nido que ha construido es de lo más honrada.

Podemos reconocer e incluso identificarnos con que los Höss están convencidos de que forman parte de algo mucho más grande que ellos mismos. Mantener la mirada en el premio (sea cual sea) significa no desviarse, incluso – o sobre todo – cuando los daños colaterales de nuestras aspiraciones están ahí mismo. A pesar de todas las secuencias en lugares cerrados, de las puertas cerrándose, ‘La zona de interés’ no deja de ser una película radicalmente abierta que se niega a cerrar la puerta de la Historia; seguirá siendo peligrosa y nunca se cerrará.

 

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